Isabel está hasta el coño

Hola, me llamo Isabel, tengo 30 años y estoy hasta el coño de estar preñada.

Conocí a Óscar en el 98 porque coincidimos trabajando en el mismo sitio y tranqui todo el mundo, que el hijo que espero no es suyo. A los suspicaces les diré que el español no es mi lengua materna (tampoco hace falta ser un lince para averiguar cuál es) y que si esto está con acentos y más o menos legible es debido a la magia de Word y porque el dueño de esto lo ha corregido.

A lo que he venido: me quedé preñada por enero, así que salgo de cuentas el 25 de septiembre y yo soy de las que no se dio cuenta del momento exacto en el que me quedé en estado interesante: no sabéis la de chorradas que se pueden llegar a decir al respecto de la preñez. Desde entonces he estado trabajando hasta que a finales del mes pasado me despedí, con dos ovarios. Ahora o nunca. Primero porque está todo apañado para poder sobrevivir los tres (e. d., el padre del Alien, el Alien y yo misma) y porque el trabajo, el verano y el bombo son bastante incompatibles. Alienpapá toca suficiente pasta y me doy con un canto en los dientes. Él está más preocupado que yo por todo esto y, aunque es cierto que va de culo por el trabajo por un asunto que obviamente no voy a contar aquí, no nos vamos a quedar con una mano delante y otra detrás, de eso estoy segura.

Antes de que Alienpapá pusiera una semillita en Alienmamá (o sea, yo misma) y la empujara con la punta de la polla, había estado leyendo sobre el embarazo porque me estaba barruntando lo de tener descendencia hace ya tiempo. Aunque se dicen muchas chorradas (como que estoy más guapa y tengo la barriga en punta de lo que se deriva por inducción científica que mi Alien es un Alienniño) y estoy harta de oír consejos de la primera que pasa (lo que tengo que hacer es cuidarme, sí, que no voy a lanzarme a las vías del metro), es cierto eso que dicen de los trimestres: el primero lo pasé de puta pena, el segundo fue muy tranquilito y ahora, en pleno verano y a punto de entrar en el séptimo mes, estoy empezando a encontrarme incómoda, no puedo dormir bien, se me cae la comida en la panza y no puedo agacharme tan fácilmente como antes cuando tengo la mala pata de que se me cae algo al suelo.

En el fondo, confío en mi cuerpo. Cuando llegue el momento, será él quien diga «hasta aquí hemos llegado» y sé que mismamente yo tendré ganas de quitarme al bicho de encima de una vez. Hasta entonces tendré que aguantar todo el calor del verano en el momento más molesto del embarazo. Todavía no estoy muy agobiada, pero no sé cuánto tardaré en estarlo y tener ganas de que me lo saquen, aunque sea con un desatascador. Por cierto, aquí en España lo de las cesáreas es tan frecuente como ir al chino a cenar, parece que nunca hayan oído hablar de cambiar manualmente al bebé de postura o de otras posibilidades en el parto, además de que el niño venga de cabeza. Hablé con una comadrona de donde yo vengo y me dijo que sí, que existe cierto riesgo de que el niño se ahorque, literalmente, si no viene de cabeza, pero que a) el riesgo existe igual si llega en esa postura y b) el riesgo es realmente mínimo. Yo de esas cosas no sé, así que me toca fiarme de lo que me dicen los que saben de esto y confiar en que los médicos lo harán todo estupendamente, cosa que no dudo. Este Alien que llevo dentro llegará al mundo en este país, así que tengo que contar con estas reglas del juego y no otras. Eso sí, me da terror la episiotomía (por mucho que digan que en el momento no duele, pero después es una putada) y más aún que me hagan una cesárea. Que sea lo que tenga que ser.

Soy de fuera, como he explicado, pero Alienpapá es de aquí y puedo decir, a propósito de tener un Alien, que eso de las familias biculturales no es tan bonito, maravilloso y estupendo como dicen y como muestra, el drama que nos ha llevado de culo últimamente: ¿qué nombre le ponemos al Alien? Claro, la primera opción es juntar dos nombres para que a la cosa le queden bien claros sus orígenes, pero la solución Kirill Antonio no me satisface y menos aún Xenia de los Dolores, fundamentalmente por si clonan a la Romanova y terminamos en un gulag, por descreídos. La otra opción es invertir el orden: Francisco Iosip (demasiado aristocrático y quizá un poco pasarse de evocador), José Vladislav (no, que el Alienniño se pasaría toda la vida diciendo «José con acento y Vladislav con uve al principio y al final»), Gregoria Snezhana (literalmente, «Gregoria ese ene e zeta hache a ene a») o Amparín Ekaterina («Amparín en el medio no hay nada Ekaterina»). Todos esos nombres son una putada y prefiero ahorrarle esos trances a la criatura. Así que hemos optado por dos nombres totalmente neutros, según el sexo, y no, no sabemos todavía si lo que llevo en la panza es un Alienniño o una Alienniña.

No hemos querido saber si el ente va a tener ‘mino o ’rrico (donde el apóstrofo debe leerse como omisión del prefijo «chu-» y sí, también soy filóloga). A pesar de todo y como ya he dicho, la evidencia científica lleva a algunas gurúes de la maternidad a pensar que la cosa tendrá ‘rrico. Los argumentos que apoyan esta teoría son tres: UNO – que estoy más guapa, como si antes fuera un cardo, las muy hijas de puta, DOS – que sudo maternidad por todos y cada uno de los poros de mi cuerpo, cuando en realidad lo que rezumo es únicamente sudor y tengo la sensación de que apesto a jamón las veinticuatro horas y TRES – que tengo la barriga en punta (que yo me pregunto, a la vista de cómo la tengo, si no es que se han equivocado de palabra, porque yo me la veo redonda y están incurriendo en un grave error terminológico, pero con estas cosas nunca se sabe). Todo esto me lleva a preguntarme si es que una madre fea solo puede parir Alienniñas… Pero entonces me acuerdo de la Infanta Elena y reconsidero mi postura.

Como ya no sé qué más contar y en realidad ya he cumplido con el objetivo, que era rellenar espacio en este blog, paro. Bueno, sí hay cosas, pero no tengo ganas ahora, que estoy preñadísima y tengo calor.

En definitiva: estoy hasta el coño.