Cómo el uso de los móviles está afectando la salud mental de la juventud (y de todas nosotras)

a boy using a smartphone while lying on a sofa

En la última década he visto que los niveles de ansiedad, depresión y autolesiones entre adolescentes han aumentado a lo bestia. No sólo lo digo yo, que he estado trabajando con gente joven en los últimos veinte años, es que creo que cualquiera con un mínimo de cerebro puede verlo. Mucha gente piensa que son tonterías, que la gente joven está cogiendo el hábito de decir que tienen ansiedad o que tienen TDAH porque es una moda. Que están volviéndose imbéciles. Perdona, pero no. La verdad es que el desplome de los niveles de bienestar de la gente joven a todos los niveles es un hecho que no podemos ignorar y que más nos vale abordar cuanto antes. Es la generación que nos va a cuidar a los de la nuestra cuando seamos dependientes. Porque vamos a serlo. Tengo 49 años y más me vale que nos pongamos en marcha para poder tener una vejez digna, amiguis.

Para que os hagáis una idea del movidote, voy a hablar por encima de algunos datos que presenta Haidt en «The Anxious Generation». Es un libro1 que os recomiendo a todos aquellos que os preocupéis un poco por el futuro que nos espera si no abordamos ya el problemón de los smartphones, los iPhones y todas las pantallas que les damos a los niños. El uso temprano de smartphones es el origen de una profunda y silenciosa crisis de salud mental juvenil y que se resumen en que vamos a estar muy jodidos. Lo que escribo aquí ni es una reseña del libro ni un análisis de la evidencia que hay al respecto. Sólo voy a hablar de la relación entre el aumento del uso de los móviles inteligentes, el descenso del bienestar psicológico y el hecho de que los niños pasan cada vez menos tiempo jugando solos o en compañía de otros niños.

2010-2015: el lustro clave

Los datos2 que tenemos son claros: Los niveles de depresión en adolescentes se duplicaron entre 2019 y 2020. Al mismo tiempo, los casos de comportamientos autolesivos aumentaron un 189% entre 2010 y 2020. Las hospitalizaciones por autolesiones subieron un 68% entre 2011 y 2014. Al mismo tiempo, la edad media para tener un smartphone ha descendido hasta lo 10 años. Es muy tentador decir que estos dos hechos no están relacionados y que una correlación no es lo mismo que una relación causa-efecto. Te lo compro. Por eso estamos aquí: para que te creas por qué usar el móvil a una edad temprana está detrás de la pandemia de ansiedad, depresión y autolesiones.

El gráfico está tomado de aquí.

Para entender qué relación hay entre ambos hay que profundizar un poco en las consecuencias que tiene el aumento del uso de los smartphone y el descenso en la edad a la que se recibe un dispositivo móvil con conexión a internet. Hay que especificar que hablamos de smartphones, no de teléfonos móviles «tontos». Primero, por el tiempo que se pasa con ellos: en un teléfono de los antiguos no puedes hacer tanto y, por eso, no puedes pasar tantísimo tiempo pegado a él (y si no, mira las estadísticas de tu dispositivo y fliparás las horas que pasas al día con él en la mano). Tampoco lo es por el contenido que se consume: en uno puedes pasarte el día haciendo scroll en Instagram on en Tiktok durante horas, exponiéndote a modelos de reputación social y de comportamiento tóxicos de necesidad, mientras que en el otro tienes que invertir tres minutazos de tu vida en escribir un sms para pasar la tarde con tus amigos, mientras que en el otro te pasas la tarde escribiendo a tus amigos sin verlos cara a cara.

Datos de los países nórdicos, de aquí.

¿Por qué aumentan los diagnósticos? ¿Es porque hay más, porque se diagnostica más o porque está de moda tener ansiedad?

Sí, hay más cuadros de patologías mentales porque sabemos más y detectamos mejor. Por ejemplo, ha aumentado la tasa de la población infantil con TDAH porque es más fácil realizar este diagnóstico, porque poco a poco las familias tienen menos miedo a evaluar, a dar tratamiento necesario y porque los colegios sabe cómo abordar la enseñanza de forma más diversa y adecuada. No es que ahora las escuelas primarias y secundarias sean un paraíso lleno de unicornios y yonquis infantiles del debate sofista sobre los problemas de sostenibilidad de los recursos y las políticas de emancipación de los pueblos siberianos, sino que la situación está un poco mejor que hace dos décadas. Además, no se nos puede olvidar que, por fin, la psiquiatría ha caído en la cuenta de que quizá los sistemas de diagnóstico descriptivos tendrían que empezar a considerar la variabilidad entre las manifestaciones clínicas de los niños y de las niñas. Quién nos iba a decir que la perspectiva feminista iba a ser algo bueno.

Ya no sólo tiene TDAH el terrorista de turno al que todos los maestros y las maestras temen cuando les toca dar clase en ese grupo, sino que sabemos que hay más niños que no necesariamente están bailando la Macarena todo el día en el colegio, sino que también, sorpresa, hay niñas con déficit de atención. También los hay que no están saltando como macacos todo el día pero que tienen un control de la atención cero, como el niño que se emparra jugando al Mario durante ocho horas. Ya era hora de que nos diéramos cuenta. Todavía queda mucho por hacer, pero mejor eso que nada. La situación es similar respecto a las diferencias de género con el espectro autista, pero hay diferencias significativas en otras áreas y por eso no me voy a meter en ese asunto aquí, que voy a salir escaldado y tampoco es que sepa mucho. Quizá en otro momento. Vamos, que el TDAH ya no es sólo una manifestación clínica monolítica, sino que hay muchas formas de no poder controlar tu atención. Que me lo digan a mí.

Pero lo que nos ocupa aquí no es el TDAH, sino los procesos depresivos, los casos de ansiedad, los intentos de suicidio o las autolesiones, por mencionar algunos. E insisto en que para entender esto hay que abordar el contexto entendiendo que sabemos más sobre las formas diferentes en las que se configura nuestro sistema nervioso. Pero es que también hay más niños que padecen este tipo de cuadros. O sea, si hubiéramos tenido estas herramientas de diagnóstico hace cincuenta años habríamos detectado más casos, de los que se hacía entonces, pero menos que ahora. Estas dos conclusiones no son contradictorias, sino que hay que asumir que ambas son ciertas para entender qué está pasando con los teléfonos móviles. Se diagnostica más y hay más. Por eso parece que los números están explotando y que todo esto es una moda. No lo es. De verdad que no.

¿Por qué se da esta relación entre el aumento del uso de los smartphone y una mayor incidencia en los cuadros de salud mental? El locus de control interno

Al tema. Cuando un chaval se pasa seis horas al día, y eso siendo optimistas, pegado al móvil es tiempo que no pasa haciendo otras cosas. Yo, filósofo. Pero piénsalo: en vez de estar jugando con otros niños y niñas, pegándose una hostia en un tobogán o jugando al escondite, están haciendo scroll en Tiktok, mirando vídeos de fascistas o dándole al porno. Llámame paranoico, pero hay algo ahí que por lo que sea me huele fatal. En vez de moverse, están sentados, convirtiéndose en pedazos de carne sedentarios y solitarios. Mírate ahora mismo: probablemente estás leyendo esto en el sofá o en la cama, sacando una papada que ni Camilo José Cela y rascándote el arco del triunfo desde hace ya un buen rato. Hazte un selfie a ver qué pasa. Que a ver, podría ser peor: podrías estar viendo el Instagram de Carmen Lomana. Pero estás aquí. Mejor eso que nada.

Volviendo a los niños: el tiempo dedicado al juego y a la interacción directa ha caído desde 2010 debido al aumento del uso de los móviles. ¿Por qué es importante este dato? Cuando los niños están jugando de forma independiente, e. d., cuando ellos y ellas deciden a qué juegan y cómo, están desarrollando capacidades mentales y actitudes que fomentan su capacidad de adaptación en el futuro. Para entender esto es útil comprender qué son el locus de control interno y el externo externo. El locus de control interno se refiere a la tendencia de una persona a creer que tiene control sobre su vida y puede resolver problemas a medida que surgen y, de hecho, a controlarlo. El locus de control externo es la tendencia a creer que sus experiencias están determinadas por circunstancias fuera de su control. Cuando se juega libremente, el niño va aumentando el número de experiencias a las que sabe enfrentarse y que puede controlar. Aprende maneras en las que puede resolver aquellas situaciones conflictivas de manera adaptada a su edad porque va acumulando experiencias que le van a servir en el futuro para abordar momentos complejos de la vida cotidiana de manera eficaz. Termina sabiendo que él o ella es quien controla su vida porque tiene herramientas para gestionarla. No sólo es saber hacerlo, es saber que puedes hacerlo.

Cuanto más tiempo se pase mirando Instagram, menos tiempo tendrá de jugar y, por tanto, de practicar situaciones difíciles que le puedan servir en el futuro. En otras palabras: está teniendo menos oportunidades para desarrollar un locus de control interno, de poder controla tu vida y ser consciente de que puedes. Sabemos que un bajo locus de control interno, e. d., lo contrario, está relacionado con la aparición de ansiedad y/o depresión tanto en niños como en adultos. Es decir, que además de ver porno están dejando de aprender a sacarse las castañas del fuego y llegarán a la edad adulta sin saber afrontar las situaciones del día a día. Terminarán perdiendo el control de su vida y es probable que, como resultado, sientan una frustración asfixiante que se contagie a todas las áreas de su vida. ¿En qué termina esto? Pues en todo menos en una salud mental robusta.

Es cierto que ya se venía observando3 und descenso significativo del locus del control interno desde finales del siglo XX y que esta caída también está detrás del declive en el bienestar psicológico generalizado que estamos viviendo. Pero este descenso se acentúa a partir de 2010, justo en el momento en que se extiende el uso de los teléfonos inteligentes. A partir de ahí, los niños y las niñas empezaron a pasar menos tiempo jugando sin que un adulto les dijera cómo lo tienen que hacer rompiéndose los vaqueros porque están haciendo el cafre. La generación que recibió su primer móvil a una edad temprana es la que tiene menos capacidad para tomar sus propias decisiones y resolver sus problemas, la más frustrada y la que está mostrando unos niveles de locus de control interno alarmantes.

Como no han tenido la oportunidad de tomar el control de la situación durante los momentos de juego, ¿cómo esperamos que puedan hacerlo después, cuando tienen ponerse a trabajar o cuando tienen que gastarse el dinero de su primera nómina? Es imposible que lo sepan. No es coña. Aprendemos a gestionar estas mierdas cuando estamos jugando al fútbol o a la comba, porque resolvemos conflictos, cooperamos, observamos el entorno, tomamos decisiones que nos benefician y aprendemos a retrasar la gratificación. Todo lo contrario de esas microdosis de dopamina a las que nos tienen acostumbradas las redes sociales.

Conclusiones, provisionales, pero conclusiones

En otro momento hablaré de por qué todo esto es importante. Ya llevo muchísimas palabras escritas y no quiero que esto se haga muy pesado. Además, tu atención tampoco está para muchos trotes si, como yo, consumes internet a todas horas. Tu cerebro, cual yonqui, está esperando a que le des su próxima dosis.

Así que cierro aquí y continuaré en otro momento. Lo que tiene que quedar claro es que es hora de que nos paremos a pensar en las consecuencias de empezar a usar un smartphone a una edad tan temprana. Hay muchos argumentos para convencerse de que, por lo menos, hasta los 16 años nada. No es que tenga que ser un objeto prohibido, porque lo conviertes automáticamente en un objeto deseado, y más si tú lo tienes en la mano y te están viendo cómo lo usas a todas horas.

La solución no está solo en limitar pantallas, sino en recuperar los elementos clave de una infancia saludable: aumentar el tiempo que los niños pasan jugando sin supervisión de adultos, hacer que tengan más interacciones cara a cara con otros niños de su edad y establecer límites claros y horarios de desconexión en vez de dejar que se pasen el día tumbados mirando vete tú a saber qué. Se trata de evitar que los niños y las niñas tengan un móvil propio a los 10 años, sin ningún tipo de control y sin ninguna estrategia de compensación. Parece fácil, pero sé que no lo es. No espero ni potificar (bueno, un poco sí) ni dar con la solución. Cada día es más difícil, me consta. Pero sólo con pensar un poco y conocer lo que está en juego nos hará avanzar para prevenir la catástrofe en salud mental que se nos viene encima.

Seguiremos informando.


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Notas

  1. HAIDT, J. (2024). The Anxious Generation. Penguin Press. ↩︎
  2. Los datos son de EEUU y el Reino Unido. ↩︎
  3. TWENGE, J. M. (2017). iGen: Why Today’s Super-Connected Kids Are Growing Up Less Rebellious, More Tolerant, Less Happy – and Completely Unprepared for Adulthood – and What That Means for the Rest of Us. Atria Books. ↩︎
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