La homofobia internalizada

Homofobia no, gracias.

Hoy voy a contar la historia de un amigo al que voy a llamar Andrés. Nos conocimos hace tiempo, después de que él saliera del armario, y quedamos para zorrear, pero la cosa no salió adelante y de ahí salió una amistad que ha durado hasta hoy. No nos vemos mucho, pero estamos en contacto a pesar de la distancia. Una de las veces en las que yo volé a casa, quedamos y me contó el momento exacto en que él recuerda que asumió que era maricón y que tenía que hacer algo para dejar de sentirse infeliz.

Me explicó que una tarde, después haberse acostado con una mujer, se duchó y se puso a mirarse en el espejo del baño. De pronto, «se dio asco». Asco por que le había «tomado el pelo» a la chica con la que había follado. Hasta este momento había tenido una vida de hetero, tenía un buen trabajo, no le faltaban amigos y tenía una relación buena con su familia, que no era especialmente conservadora. Pero había llegado un momento en que la cabeza estaba a punto de explotarle: era maricón y se resistía a la idea de follar con tíos. Esa resistencia tiene un nombre, amiga: homofobia internalizada. 

La homofobia internalizada es el resultado de haber sido expuesto a actitudes y creencias homófobas durante mucho tiempo. Aunque no todos los maricones terminan siendo homófobos, es una realidad que afecta a muchos, y su impacto en la autoestima puede ser devastador. La sociedad, la cultura y, a menudo, la educación, juegan un papel fundamental en la formación de estas actitudes, que se asumen como ciertas y terminan dirigiéndose hacia uno mismo. En el caso de Andrés, esa voz crítica que no dejaba de escuchar no era realmente suya, sino un maremágnum de todos los prejuicios y rechazos que había absorbido desde muy joven. 

Desde la infancia estamos expuestos a normas sociales que nos dicen cómo deberíamos ser. Estas normas están profundamente arraigadas en las estructuras culturales y sociales y tienden a estigmatizar cualquier desviación de lo que se considera normal. En el caso de las personas LGBTIQ+, estas normas han sido históricamente negativas, promoviendo la idea de que ser homosexual, bisexual o transgénero es incorrecto, indeseable, ridículo o nocivo. Estas creencias son las que, cuando son adoptadas y dirigidas hacia uno mismo, se convierten en homofobia internalizada. 

Para muchas personas, la homofobia internalizada se manifiesta en una serie de comportamientos y pensamientos autodestructivos. Andrés me contó que le pasaba mucho lo de sentirse culpable por desear follar con tíos. Se sentía ridículo y tenía un miedo abrumador a que las personas de su entorno se enteraran. Este sentimiento de culpa se mezclaba con una sensación de vergüenza, que lo hacía rehuir situaciones donde podía expresar abiertamente quién era. Como resultado, su autoestima se fue erosionando y llegó a creer que no merecía la felicidad que otros parecían encontrar tan fácilmente. Esto último, pensar que los demás eran muy felices y él no, es una creencia irracional, como todas las que surgen de la homofobia, internalizada o no, dirigida a uno mismo o hacia otros. Todo esto por no mencionar que además era un poco misógino, según me contó el mismo. Pero esa es otra historia. O no.

¿Por qué la homofobia internalizada tiene un impacto tan profundo en la autoestima? La autoestima es la valoración que una persona tiene de sí misma, un juicio interno que afecta la manera en que interactuamos con el mundo. Cuando alguien desarrolla una baja autoestima, tiende a sentirse menos valioso, menos competente y capaz de enfrentarse a los desafíos de la vida cotidiana. La homofobia internalizada refuerza estos sentimientos, haciendo que la persona sienta que no merece amor, respeto o “éxito” simplemente por sus deseos sexuales. 

Andrés, como muchas otras personas en su situación, intentó lidiar con estos sentimientos acudiendo a un grandísimo repertorio de formas de autoengaño. Se esforzó por cumplir con las expectativas heteronormativas: durante años mantuvo relaciones con mujeres que, aunque eran genuinas en su afecto, no le satisfacían por razones obvias. También evitaba los espacios LGBTIQ+, los bares de ambiente o las aplicaciones de zorreo, temiendo que asociarse con la comunidad lo hiciera más vulnerable al juicio y al rechazo y con el miedo a que alguien se enterara. Estas estrategias no hicieron más que profundizar su dolor, perpetuando un ciclo de autonegación y baja autoestima. 

Un pifostio.

Andrés tuvo la valentía (sí la valentía) de afrontar este asunto con una psicóloga que le ayudó a reconocer que esos sentimientos negativos eran aprendidos y que estaban basados en errores de lógica; un clásico de las terapias basadas en lo que dijo Beck. Es un clásico en los sentimientos de culpabilidad y en los cuadros depresivos en estas situaciones. La psicóloga le ayudó a explorar el origen de este repertorio de creencias, deconstruyendo algunos de los comentarios hirientes que había escuchado desde su infancia, las imágenes que veía en los medios de comunicación, y las actitudes discriminatorias que había presenciado en su entorno. Con el tiempo, comenzó a alejarse de estas creencias, reemplazándolas por una aceptación más sana de sí mismo a partir de un análisis racional de todos estos pensamientos. No es un proceso fácil, ni de coña, ni el hecho de que veas que lo que piensas es irracional no quiere decir que no vuelvas a caer sin querer en una espiral de miedos. La terapia, como siempre, le indicó el camino, pero sólo él (o tú) puede recorrerlo.  

El proceso no fue fácil. Aceptar que había estado negando una parte fundamental de sí mismo durante tanto tiempo fue doloroso, pero también liberador. Andrés descubrió que podía desafiar esos pensamientos autodestructivos, y poco a poco, su autoestima empezó a mejorar y los miedos, aunque todavía estaban ahí, eran menos paralizantes. Entendió que no había nada intrínsecamente malo en ser quien es, y que tenía derecho a vivir una vida plena y feliz, sin sentirse culpable o avergonzado. 

 Una parte crucial de este proceso fue empezar a rodearse de una pequeña comunidad que lo apoyara. Andrés comenzó a relacionarse con otros hombres gais, primero sólo con la intención de follar. Encontró en ellos no solo amigos, sino también modelos a seguir que lo inspiraron a afrontar esos miedos en su vida cotidiana. Al compartir sus experiencias, descubrió que no era el único, que muchos otros habían pasado por lo mismo, y que el mero hecho de hablar facilitaba combatir la homofobia internalizada y sus efectos. No es que él decidiera un día que tenía que ser parte de la «comunidad LGTBIQ+», si es que existe; me refiero a salir a bares de maricones y usar Grindr, por ejemplo.

El impacto de la homofobia internalizada en la autoestima no es una tontería. Es una batalla interna que muchos enfrentan en silencio, sin darse cuenta de que los pensamientos y sentimientos que experimentan no son necesariamente reales, sino el resultado de años de condicionamiento social. La buena noticia es que este impacto puede ser revertido o, por lo menos, los efectos de esas creencias pueden hacerse menos intensos. Con terapia, el apoyo de un entorno que permita dialogar sobre el asunto, y el trabajo constante en la aceptación de una naturaleza que no se puede cambiar (el ser maricón), es posible superar o al menos aliviar la homofobia internalizada y reconstruir una autoestima fuerte y saludable. 

La historia de mi amigo no es especial, ni es la única ni la última. Salir de esa mierda no es un proceso fácil, y requiere de mucho coraje enfrentar los prejuicios que hemos internalizado. Sin embargo, es un camino necesario para alcanzar una verdadera paz interior y un sentido de valor propio. En última instancia, aceptarnos tal como somos es un acto de resistencia y de amor propio, una afirmación de que, sin importar lo que la sociedad diga, merecemos ser felices y vivir nuestras vidas plenamente. 

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