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Recuerdo que en otros momentos de mi vida, cuando he estado agotado y necesitaba urgentemente algo para distraerme, me agarraba a la literatura basura. En su momento fue la chick-lit. Ahora están siendo los thrillers à la «atrapada por su pasado» (¡suéltame, pasado!).
No puedo dejar esta mierda. Voy por el segundo.
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Gracias, desarrollo tecnológico, por hacernos la vida más fácil.
PD: Es el tercero. El anterior me ha durado 10 años antes de morir de extenuación y hasta que me ha llegado éste quería morir. Problemas de primer mundo.
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Hoy han venido los bomberos a hacernos una auditoría de seguridad den caso de incendio, catástrofes, meteoritos o caída de WhatsApp. No la hemos pasado. Estupefacto estoy. Lo peor es que o me pongo a ello o nos chapan. Yo, que de bomberos e incendios sé muchísimo. Pero mucho, mucho.
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Estoy leyendo sobre las movidas que tienen las familias en las que algún miembro sale del armario trans. Un capítulo del libro de Shon Faye se dedica a la infancia. No se centra en las vivencias del individuo, sino del entorno y cómo gestionan que, a los cuatro años, te digan «es que no soy un chico, soy una chica». Las vivencias de culpabilidad, miedo y desconcierto son universales en Occidente. Da igual lo avanzada que esté la legislación y la sociedad, que siempre aparece ese triunvirato de vivencias: culpabilidad, miedo y desconcierto.
Es terrible.
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¿Quién se ha comprado una olla arrocera nueva? ¿Quién?
Sin la anterior no habría podido sobrevivir. Dios salve a la olla arrocera.
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Otra vez igual. Me he levantado a las 6:30 de la mañana, totalmente despejado y descansado. En vez de anestesiarme con vídeos sobre temas que abarcan desde la cocina con Thermomix hasta la construcción de megaestaciones ferroviarias en China, me he dedicado a leer. Pero mi Tedeá es muy caprichosa (sí, su nombre se escribe con mayúscula, como todos los nombres propios) y ha decidido que hoy me tenía que dedicar a dos áreas del conocimiento humano: las doce tribus de Israel y las anomias, que es el fenómeno por el que hay personas que no pueden usar nombres comunes. Eso lo explicaré otro día.
Dos cosas tienen que quedar claras aquí: la primera es que parece que las nuevas rutinas me han cambiado el horario. Quién me ha visto y quién me ve, yo que era de los de dormirme a las seis de la mañana. La segunda es que Tedeá me da superpoderes y es la responsable absoluta de que sea una máquina de almacenar datos inservibles excepto cuando tienes que echar una partida al Trivial Pursuit. No recordaré dónde están las llaves, pero sí la fundación del Reino de Judá y que los macabeos eran unos intransigentes que detestaban la influencia griega.
Los griegos, ay los griegos.
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6.44 de la mañana y sereno. 6.44 de la mañana del sábado 28 de septiembre. Llevo toda la semana levantándome entre las 4.45 y a las 5.00 y ahora pasa lo que pasa. Estoy descansado, he dormido perfectamente. Pero no son ni las siete de la mañana de un sábado y ya estoy danzando.
Por cierto, estoy escuchando a los cuervos gritar como locos.
Ayer por la tarde vino mi ex-jefe y buen amigo a visitarme después del incidente. Lo vi muy triste y con una cogorza del copón. Me contagió esa tristeza. No pude venir a su boda y eso me jodió. Que tengo «excusa», como él me dijo bromeando. Pero eso no hace que deje de joderme.
Estoy empezando a getting into terms with the fact that my life is here instead of 2000 km to the south, que es lo que le dije a él. Se alegró por alguna razón que no entiendo muy bien.
Me he dado cuenta de que después de todos estos años he sido capaz de crear una red de amigos aquí. No dejo de tener los de casa, pero estos también son buenos. Debería aprovecharlos.
Qué lío de texto. Allá va, publicado sin más, sin editar y sin releer. A tomar por ichi. Esto no lo lee ni Peter de todas formas.